Wednesday, July 2, 2008

El Espíritu llega antes que el mision ero, por Leonardo Boff


Uno de los efectos del proceso de mundialización —que va mucho más allá de su expresión económico-financiera— es el encuentro con todo tipo de tradiciones espirituales y religiosas. Se ha instaurado un verdadero mercado de bienes simbólicos en el cual los distintos caminos, doctrinas, ceremoniales, ritos y esoterismos se ofrecen para atender la demanda de un número creciente de personas, generalmente cansadas del exceso de materialismo, racionalismo, consumismo y superficialismo de nuestra cultura convencional.

Por detrás de este fenómeno hay una búsqueda humana que pide ser entendida y también atendida. Lo espiritual y lo místico, en contraposición a las predicciones de los «maestros de la sospecha», como Marx, Freud y Nietzsche, están volviendo con renovado vigor. Revelan una dimensión olvidada de lo humano, que es vista por los modernos más como expresión de patología que de salud. Pero hoy, entre los estudiosos de las ciencias de la religión, está recuperando su ciudadanía. Tiene su asiento en la razón sensible y cordial que no sustituye sino que completa la razón científico-calculatoria. En ella se elaboran los grandes sueños y surgen las estrellas-guía que dan rumbo a nuestra vida. La religión desvela al ser humano como proyecto infinito y le brinda el objeto adecuado que lo hace descansar: el Infinito.

Los cristianos tienen especial dificultad en el diálogo con otras las religiones. Sostienen la creencia de que son portadores de una revelación única y de un Salvador universal, Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado. En algunos, esta creencia gana foros de fundamentalismo, diciendo sin rodeos que fuera del cristianismo no hay salvación, repitiendo una versión de talante medieval. Otros, a partir de la propia Biblia y de una reflexión teológica más profunda, sostienen que todos los seres humanos, también el cosmos, están permanentemente bajo el arco-iris de la gracia de Dios. Para los once primeros capítulos del Génesis, en los cuales aún no se habla de Israel como «pueblo elegido», todos los pueblos de la Tierra son pueblos de Dios. Eso continúa siendo válido hasta el momento presente.

Además, dicen las Escrituras que el Espíritu llena la faz de la Tierra, entra la historia, anima a las personas a practicar el bien, a vivir en la verdad y a realizar la justicia y el amor. El Espíritu llega antes que el misionero. Éste, antes de anunciar su mensaje, necesita reconocer las obras que este Espíritu hace en el mundo y continuarlas.

Cristo no puede ser reducido al espacio palestino. Al asumir al hombre Jesús de Nazaret, el Hijo se insertó en el proceso de la evolución, tocó la realidad humana y alcanzó una dimensión cósmica. Fueron el teólogo franciscano Duns Scoto en la Edad Media y Teilhard de Chardin en los tiempos modernos quienes señalaron que el Hijo está presente en la materia y en las energías originarias y que fue densificando su presencia en la medida en que se iba realizando la complejidad y crecía la conciencia hasta irrumpir en la forma de Jesús de Nazaret. Esta individuación no disminuyó su carácter divino y cósmico, de forma que puede irrumpir, bajo otros nombres y bajo otras figuras que revelan en sus vidas y obras la cercanía del misterio de Dios. Para evitar cierta «cristianización» del tema, podemos hablar, como lo hacen grandes tradiciones, de la Sabiduría/Sofia. Ella está presente en la creación, en la vida de los pueblos, y especialmente en las lecciones de los maestros y sabios. O se usa también la categoría Logos, o Verbo, que revela el momento de inteligibilidad y ordenación del universo. No es una Energía impersonal sino que revela suma subjetividad y suprema conciencia.

Estas visiones anclan nuestra vida en un sentido bueno que nos permite soportar los avatares de esta difícil existencia.

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Del buen uso del rela tivismo, por Leonardo Boff

Hoy, a través de los medios de difusión, imágenes y gentes de todo el mundo nos entran por los tejados, puertas y ventanas y conviven con nosotros. Es el efecto de las redes globalizadas de comunicación. La primera reacción es de perplejidad, que puede provocar dos actitudes: o de interés para conocer mejor, lo cual implica apertura y diálogo, o de distanciamiento, que presupone cerrar el espíritu y excluir. De todas formas, surge una percepción insoslayable: nuestro modo de ser no es el único. Hay gente que, sin dejar de ser gente, es diferente. Es decir, nuestro modo de ser, de habitar el mundo, de pensar, de valorar y de comer no es absoluto. Hay mil otras formas diferentes de ser humanos, desde la forma de los esquimales siberianos, pasando por los yanomamis de Brasil hasta llegar a los sofisticados habitantes de condominios cerrados, donde se autoprotegen las élites opulentas y atemorizadas. Lo mismo se puede decir respecto a las diferencias de cultura, de lengua, de religión, de ética y de ocio.

De este hecho surge, de inmediato, el relativismo en dos sentidos: primero, importa relativizar todos los modos de ser; ninguno de ellos es absoluto hasta el punto de invalidar a los demás; se impone también una actitud de respeto y de acogida de la diferencia porque, por el simple hecho de estar ahí, goza del derecho de existir y co-existir. Segundo, lo relativo quiere expresar el hecho de que todos están de alguna forma relacionados. No pueden ser pensados independientemente unos de otros porque todos son portadores de la misma humanidad. Debemos ampliar, pues, la comprensión de lo humano más allá de nuestra concretización. Somos una geosociedad, una, múltiple y diferente.

Todas estas manifestaciones humanas son portadoras de valor y de verdad. Pero son un valor y una verdad relativos, o sea, relacionados unos con los otros, autoimplicados, siendo que ninguno de ellos, tomado en sí mismo, es absoluto.

¿Entonces no hay verdad absoluta? ¿Vale el every thing goes de algunos posmodernos, es decir, el «vale todo»? No es que valga todo. Todo vale en la medida en que mantiene relación con los otros respetándolos en su diferencia. Cada uno es portador de verdad pero nadie puede tener el monopolio de la misma. Todos, de alguna forma, participan de la verdad, pero pueden crecer hacia una verdad más plena, en la medida en que se abren unos a otros más y más.

Bien decía el poeta español Antonio Machado: «Tu verdad no; la verdad, / y ven conmigo a buscarla. /La tuya, guárdatela». Si la buscamos juntos, en el diálogo y en la cordialidad, entonces desaparece cada vez más mi verdad para dar lugar a la Verdad comulgada por todos.

La ilusión de Occidente es la de imaginar que la única ventana que da acceso a la verdad, a la religión verdadera, a la auténtica cultura y al saber crítico es su modo de ver y de vivir. Las demás ventanas solamente mostrarían paisajes distorsionados. Occidente se condena a un fundamentalismo visceral que en otro tiempo le llevó a causar masacres por imponer su religión y, hoy, guerras para forzar la democracia en Irak y en Afganistán.

Debemos hacer buen uso del relativismo, inspirados en el arte culinario. Hay solo un arte culinario, el que prepara los alimentos humanos. Pero se concreta en muchas formas, en las distintas gastronomías: la mineira o la nordestina en Brasil, la japonesa, la china, la mexicana y otras. Nadie puede decir que una sola es la verdadera y exquisita, y las otras no. Todas son exquisitas a su manera, y todas muestran la extraordinaria versatilidad del arte culinario. ¿Por qué con la verdad debería ser diferente?

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Suma no cero, por Leon ardo Boff


Hay un debate en las ciencias y en toda la reflexión filosófica que resurge siempre de nuevo y que está presente también en la cotidianidad de nuestra existencia. Mirando cómo están las cosas en el mundo, ya sea en su aspecto social o ecológico —los desastres que están ocurriendo con millares de víctimas—, ya sea considerando nuestra propia vida, llena de contradicciones, de breves momentos de felicidad y largos de tribulación, nos interrogamos: ¿la vida tiene de verdad sentido? ¿No es todo un juego contradictorio, donde crímenes se mezclan con virtudes, se junta astucia con generosidad y farisaísmo con rectitud? No es raro encontrar personas que por fuera se muestran amables y tiernas, pero de cerca se revelan voluntaristas y, con frecuencia, muy autoritarias.

Solemos decir que ésa es la condition humaine que nos hace sapientes (sapiens) y simultáneamente dementes (demens). En efecto, somos la coexistencia sufrida de esos contrarios. ¿Será siempre así? ¿Conseguiremos, en nuestra vida, imitar a Dios que escribe derecho con renglones torcidos?

De estas angustias no se libran las personas religiosas e incluso intelectualmente bien formadas. La fe no evita estas oscuridades al fiel. Que lo digan místicos como san Juan de la Cruz, que habla de la «noche oscura de los sentidos», en la que todos los deleites de la vida desaparecen y la aridez asola el alma. Y eso es sólo el principio. Después vendrá «la noche del espíritu». Ésta es «terrible y temible», porque sumerge al alma en la experiencia del infierno y en la completa ausencia de Dios.

Quien tenga paciencia y obstinación de continuar creyendo en el sol, aunque haya sido tragado por la noche o aprisionado por la oscuridad, heredará una alegría y un deleite que son ya la anticipación de eso que llamamos cielo. ¡Pero cómo tarda y cuánto cuesta!

Esta cuestión aparece hoy con frecuencia en la reflexión de la moderna cosmología. Renombrados científicos optan por la no direccionalidad del universo. Para ellos, simplemente no tiene un sentido. Otros -cito solamente a uno, el conocido físico de Gran Bretaña Freeman Dyson-, dice: «Cuanto más examino el universo y estudio los detalles de su arquitectura, más evidencias encuentro de que el universo de alguna manera debe haber sabido que estábamos de camino». Efectivamente, el principio antrópico asegura que si no hubiese ocurrido en los primerísimos momentos después del big-bang un equilibro sutil de billonésimas de segundo entre la fuerza de atracción y la fuerza de expansión, no habría habido condiciones para que se formara la materia, la vida habría sido imposible e igualmente el ser humano.

Mirando retrospectivamente el proceso evolutivo que ya tiene 13.700 millones de años, no podemos negar que hubo una escalada ascendente en dirección hacia una complejidad cada vez mayor, hacia más vida y más subjetividad cada vez, que permite el pensar, el sentir, el amar y el cuidar. El conocido pensador R. Wright habla en este contexto de «suma no cero». Dice que «poniendo todo en la balanza, a largo plazo, situaciones de suma no cero producen sumas más positivas que negativas». En otras palabras: una indiscutible direccionalidad de la historia tiene validez, y hace que haya un desempate a favor del sentido contra el absurdo. Ese mínimo de positividad, suma no cero, sostiene la esperanza en el destino feliz del universo y de nuestra atribulada existencia. El enfrentamiento entre caos y cosmos, justicia e injusticia continúa, pero el desenlace se inclina en dirección a la victoria del cosmos y de la justicia.

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En busca de sabiduría eco lógica, por Leonardo Boff


El paradigma civilizatorio globalizado, asentado sobre la guerra contra Gaia y contra la naturaleza, está llevando a todo el sistema de vida a un gran impasse. Hay señales inequívocas de que la Tierra no aguanta más esta sistemática explotación de sus recursos y la ofensa continuada a la dignidad de sus hijos e hijas, los seres humanos, excluidos y condenados por millones a morir de hambre. Pero tenemos que ser conscientes de que esta guerra no la vamos a ganar nosotros sino Gaia. Como observaba Eric Hobsbawm en la última página de su conocido libro La era de los extremos o Historia del siglo XX (1994): «El futuro no puede ser la continuación del pasado; nuestro mundo corre el riesgo de explosión e implosión; tiene que cambiar; la alternativa a un cambio de la sociedad es la oscuridad».

¿Cómo evitar esta oscuridad que puede significar la derrota de nuestro tipo de civilización y eventualmente el Armagedón de la especie humana? Es imperioso que recordemos otras civilizaciones que pueden inspirarnos sabiduría ecológica. Hay muchas. Escojo la civilización maya, por el simple hecho de que en el mes de marzo de este año tuve la oportunidad de visitar durante 20 días las regiones de América Central habitadas todavía hoy por los supervivientes de aquel extraordinario ensayo civilizatorio, y de dialogar largamente con sus sabios, sacerdotes y chamanes. De aquella riqueza inmensa quiero resaltar sólo dos puntos centrales que son grandes ausencias en nuestro modo de habitar el mundo: la cosmovisión armónica con todos los seres y su fascinante antropología centrada en el corazón.

La sabiduría maya viene de la más remota ancestralidad y se ha conservado trasmitiéndola de padres a hijos. Como no pasaron por la circuncisión de la cultura moderna, guardan con fidelidad las antiguas tradiciones y las enseñanzas, consignadas también en escritos como el Popol-Vuh y los Libros de Chilam Balam. La intuición básica de su cosmovisión se aproxima mucho a la de la moderna cosmología y física cuántica. El universo está construido y mantenido por energías cósmicas, por el Creador y Formador de todo. Lo que existe en la naturaleza nació del encuentro de amor entre el Corazón del Cielo y el Corazón de la Tierra. La Madre Tierra es un ser vivo que vibra, siente, intuye, trabaja, engendra y alimenta a todos sus hijos e hijas. La dualidad de base entre formación y desintegración (nosotros diríamos entre caos y cosmos) confiere dinamismo a todo el proceso universal. El bienestar humano consiste en estar permanentemente sincronizado con este proceso y cultivar un profundo respeto delante de cada ser. Entonces él se siente parte consustancial de la Madre Tierra y disfruta de toda su belleza y protección. La propia muerte no es enemiga: es un envolverse más radicalmente con el Universo.

Los seres humanos son vistos como «los hijos e hijas esclarecidos, los averiguadores y buscadores de la existencia». Para llegar a su plenitud el ser humano pasa por tres etapas, verdadero proceso de individuación. Puede ser «persona de barro»: puede hablar, pero no tiene consistencia, pues frente a las aguas se disuelve. Se desarrolla más y puede pasar a ser «persona de madera»: tiene entendimiento, pero no alma que siente, porque es rígido e insensible. Por fin, alcanza la fase de «persona de maíz»: «conoce lo que está cerca y lo que está lejos», pero su característica es tener corazón. Por eso «siente perfectamente, percibe el Universo, la Fuente de la vida» y late al ritmo del Corazón del Cielo y del Corazón de la Tierra.

La esencia del ser humano está en el corazón, en aquello que venimos diciendo desde hace años, en la razón primordial y en la inteligencia sensible. Dándoles centralidad, lo cual se manifiesta en el cuidado y el respeto, es como podemos salvarnos.

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Para Marina Silva: «política sin teo logía es puro negocio», por Leonardo Boff


La salida de Marina Silva del Ministerio de Medio Ambiente representa una enorme pérdida de calidad política del gobierno Lula. Por calidad política entiendo la competencia del gobernante de mantener la unidad de los contrarios, esos contrarios inherentes a toda convivencia social y democrática, que confiere dinamismo y vida a la sociedad. Marina Silva representaba en el gobierno un polo decisivo y fundamental para una política responsable por el futuro de la vida y de la integridad del Planeta: el cuidado del medio ambiente global y de las condiciones ecológicas que garantizan la vida en toda su inmensa diversidad. En el otro polo están otros, en mayor número, que persiguen un proyecto que nos remite al siglo XIX, de crecimiento material acelerado y a cualquier precio, sin considerar la mutación de las conciencias ocurrida en Brasil y en el mundo principalmente ante las peligrosas transformaciones negativas del estado de la Tierra, ocasionadas en gran parte por dicho proyecto. Misión del gobernante es ser un hombre de síntesis, capaz de articular los polos y tener la sabiduría suficiente para tomar decisiones estratégicas, incluso difíciles, que garanticen el futuro de nuestra existencia en este pequeño Planeta. El actual presidente había demostrado esa capacidad de síntesis. Pero esta vez, nos parece que se ha producido un desastroso desequilibrio. Con la ausencia de Marina Silva existe el peligro del pensamiento único y de la obsesión furiosa por el crecimiento, haciendo crecer nuestra deuda con la naturaleza y con las generaciones futuras.

La ex-ministra Marina Silva mantenía una tenaz coherencia con la misión que se propuso, de introducir a partir de su Ministerio la transversalidad del cuidado ecológico en todas las instancias del poder, en el esfuerzo de conferir una dirección innovadora, y a la altura de los desafíos contemporáneos, al desarrollo socio-ambiental sostenible. Fue vista como obstáculo al crecimiento y como impedimento a la modernización. Y efectivamente lo era y tenía que serlo. Lo que sabemos de la historia y de la experiencia reciente hace imposible continuar con el tipo de crecimiento retrógrado que se propone la acumulación a costa de devastar la naturaleza y de profundizar las desigualdades sociales. Hay que estigmatizar esa modernización conservadora y socialmente generadora de tantas víctimas, en el campo y en las ciudades. Las presiones contra la ministra venidas desde el interior del propio gobierno y del exterior, de grupos poderosos ligados a lo pecuario y al agronegocio, minaron la sustentación política y la viabilidad de su trabajo, especialmente en lo que se refiere a la conservación de la selva amazónica. Se retiró del ministerio por la puerta de delante, con elevado espíritu público y ético, manifestando lealtad y fidelidad al presidente.

Marina Silva era una de las reservas éticas del gobierno, una referencia de credibilidad para Brasil y para el mundo. Pero la ética era poco para ella. La movía una inspiración espiritual, de servicio a la vida y de protección de todo lo creado. Ella me hace recordar la frase de un gran pensador de la escuela de Frankfurt que fue un riguroso marxista y materialista: Max Horkheimer. Al final de su vida escribió un sugestivo libro: El anhelo del totalmente Otro. En él, como marxista y no como cristiano, dice: «una política, sin teología, es puro negocio». Y explicaba: «teología significa aquí, la conciencia de que el mundo no es la verdad absoluta, que no es el fin; teología es la esperanza de que todo no acabe en la injusticia que tanto marca el mundo, que la injusticia no tenga la última palabra».

Considero que Marina Silva mostró en su vida y práctica la verdad de esta sentencia. Por eso le estamos todos agradecidos y en deuda.

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Con sumo solidario responsable, por Leonardo Boff

El consumismo a que ha dado lugar la cultura del capital está en la base del hambre de miles de millones de personas y de la actual escasez de alimentos de la humanidad. Frente a tal situación, ¿cómo debería ser el consumo humano?

En primer lugar, el consumo debe ser adecuado a la naturaleza del ser humano. Ésta, por un lado, es material, enraizada en la naturaleza, y necesita de bienes materiales para subsistir. Por otro lado es espiritual, y se alimenta con bienes intangibles como la solidaridad, el amor, la acogida y la apertura al Infinito. Si estas dos dimensiones no son atendidas, nos ponemos anémicos en el cuerpo y en el espíritu.

En segundo lugar, el consumo necesita ser justo y equitativo. La Declaración de los Derechos Humanos afirma que la alimentación es una necesidad vital, y, por ello, un derecho fundamental de cada persona humana (justicia) y conforme a las singularidades de cada uno (equidad). Si no se atiende a este derecho, la persona se confronta directamente con la muerte.

En tercer lugar, el consumo debe ser solidario. Es solidario aquel consumo que supera el individualismo y se auto-limita por la causa del amor y de la compasión para con aquellos que no pueden consumir lo necesario. La solidaridad se expresa en el compartir, por la participación y por el apoyo a los movimientos que buscan los medios de vida, como tierra, vivienda y salud. Implica también la disposición a sufrir y a correr los riesgos que tal solidaridad comporta.

En cuarto lugar, el consumo ha de ser responsable. Es responsable el consumidor que se da cuenta de las consecuencias del patrón de consumo que practica, si es suficiente y decente, o sofisticado y suntuoso. Consume lo que necesita o desperdicia aquello que va a faltar en la mesa de los otros. La responsabilidad se traduce en un estilo de vida sobrio, capaz de renunciar, no por ascetismo, sino por amor y en solidaridad hacia los que sufren necesidad. Se trata de una opción por la sencillez voluntaria y por un patrón conscientemente contenido, que no se somete a los reclamos del deseo ni a las solicitaciones de la propaganda. Aunque no tenga consecuencias inmediatas y visibles, esta actitud vale por sí misma. Muestra una convicción que no se mide simplemente por los efectos resultantes, sino por el valor que esta actitud humana posee en sí misma.

Por fin, el consumo debe ser realizador de la integridad del ser humano. Éste tiene necesidad de conocimiento, de forma que consumimos muchos saberes con el discernimiento sobre cuál de ellos conviene y edifica. Tenemos necesidad de comunicación y de racionamientos, y satisfacemos esta necesidad alimentando relaciones personales y sociales que nos permiten dar y recibir, y en este intercambio nos complementamos y crecemos. A veces esta comunicación se realiza participando en manifestaciones en favor de la justicia, en favor de la reforma agraria, del cuidado del agua potable, de la conservación de la naturaleza… o también viendo un film, asistiendo a un concierto, yendo al teatro, visitando una exposición artística, participando en algún debate.

Tenemos necesidad de amar y de ser amados. Satisfacemos esta necesidad amando con gratuidad a las personas y a los diferentes a nosotros. Tenemos necesidad de trascendencia, de arriesgarnos y de estar más allá de cualquier límite impuesto, de sumergirnos en Dios con quien podemos comulgar. Todas estas formas de consumo realizan la existencia humana en sus múltiples dimensiones.

Estas formas de consumo no cuestan y no gastan energía; presuponen simplemente el empeño y a apertura a la solidaridad, a la compasión y a la belleza.

¿No traduce todo esto aquello que pensamos cuando hablamos de felicidad?

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Comen salidad: rehacer la humanidad, por Leonardo Boff

Comensalidad significa comer y beber juntos alrededor de la misma mesa. Ésta es una de las referencias más ancestrales de la familiaridad humana, pues en ella se hacen y se rehacen continuamente las relaciones que sostienen la familia.

La mesa, antes que a un mueble, remite a una experiencia existencial y a un rito. Es el lugar privilegiado de la familia, de la comunión y de la hermandad. En ella se comparte el alimento y con él se comunica la alegría de encontrarse, el bienestar sin disimulos, la comunión directa que se traduce en los comentarios sin ceremonia de los hechos cotidianos, en las opiniones sin censura de los acontecimientos de la crónica local, nacional e internacional.

Los alimentos son algo más que cosas materiales. Son sacramentos de encuentro y de comunión. El alimento es apreciado y es objeto de comentarios. La mayor alegría de la madre o de quien cocina es notar la satisfacción de los comensales.

Pero debemos reconocer que la mesa es también lugar de tensiones y de conflictos familiares, donde las cosas se discuten abiertamente, se explicitan las diferencias y pueden establecerse acuerdos, donde existen también silencios perturbadores que revelan todo un malestar colectivo. La cultura contemporánea ha modificado de tal forma la lógica del tiempo cotidiano en función del trabajo y de la productividad que ha debilitado la referencia simbólica de la mesa. Ésta ha quedado reservada para los domingos o para los momentos especiales, de fiesta o de aniversario, cuando los familiares y amigos se encuentran. Pero, por regla general, ha dejado de ser el punto de convergencia permanente de la familia. La mesa familiar ha sido sustituida lamentablemente por el fast food, comida rápida que sólo hace posible la nutrición, pero no la comensalidad.

La comensalidad es tan central que está ligada a la propia esencia del ser humano en cuanto humano. Hace siete millones de años habría comenzado la separación lenta y progresiva entre los simios superiores y los humanos, a partir de un ancestro común. La especificidad del ser humano surgió de forma misteriosa y de difícil reconstrucción histórica. Sin embargo, etnobiólogos y arqueólogos llaman nuestra atención sobre un hecho singular: cuando nuestros antepasados antropoides salían a recolectar frutos, semillas, caza y peces no comían individualmente lo que conseguían reunir. Tomaban los alimentos y los llevaban al grupo. Y ahí practicaban la comensalidad: distribuían los alimentos entre ellos y los comían grupal y comunitariamente.

Así, la comensalidad, que supone la solidaridad y la cooperación de unos con otros, permitió el primer salto de la animalidad en dirección a la humanidad. Fue sólo un primerísimo paso, pero decisivo, porque le cupo inaugurar la característica básica de la especie humana, diferente de otras especies complejas (entre los chimpancés y nosotros hay solamente un 1,6% de diferencia genética): la comensalidad, la solidaridad y la cooperación en el acto de comer. Y esa pequeña diferencia marca toda la diferencia.

Esa comensalidad que ayer nos hizo humanos, continúa todavía hoy haciéndonos siempre de nuevo humanos. Por eso, importa reservar tiempos para la mesa en su sentido pleno de la comensalidad y de la conversación libre y desinteresada. Ella es una de las fuentes permanentes de renovación de la humanidad hoy globalmente anémica.

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¿Cuánto cuesta una pues ta de sol?, por Leonardo Boff


Un gran empresario estadounidense, estando en Roma, quiso mostrarle a su hijo la belleza de una puesta de sol en las colinas de Castelgandolfo. Antes de situarse en un buen ángulo, el hijo preguntó al padre: «papá, ¿dónde se paga?». Esta pregunta revela la estructura de la sociedad dominante, asentada sobre la economía y el mercado. En ella se paga todo, también una puesta de sol. Todo se vende y todo se compra. Según hizo notar ya en 1944 el economista estadounidense Polanyi, en esa sociedad dominante se operó la gran transformación al conferir valor económico a todo. Las relaciones humanas se transformaron en transacciones comerciales y todo, realmente todo, desde el sexo a la Santísima Trinidad, se vuelve mercancía y oportunidad de lucro.

Si quisiéramos calificarla diríamos que ésta es una sociedad productivista, consumista y materialista. Es productivista porque explota todos los recursos y servicios naturales buscando el lucro y no la conservación de la naturaleza. Es consumista porque si no hay un consumo cada vez mayor tampoco hay producción ni lucro. Es materialista porque su centralidad es producir y consumir cosas materiales y no espirituales como la cooperación y el cuidado. Está más interesada en el crecimiento cuantitativo −cómo ganar más− que en el desarrollo cualitativo –cómo vivir mejor con menos, en armonía con la naturaleza, con equidad social y sostenibilidad socio-ecológica-.

Cabe insistir en lo obvio: no hay dinero que pague una puesta de sol. No se compra en la bolsa la luna llena «que sabe de mi largo caminar». La felicidad, la amistad, la lealtad y el amor no están a la venta en los centros comerciales. ¿Quien puede vivir sin esos bienes intangibles? Aquí no funciona la lógica del interés, sino la de la gratuidad, no la utilidad práctica sino el valor intrínseco de la naturaleza, del cálido paisaje, del cariño entre dos enamorados. En esto reside la felicidad humana.

Alguien tan fuera de sospecha como Daniel Soros, el gran especulador de las bolsas mundiales, confiesa en su libro La crisis del capitalismo global (1998): «una sociedad basada en transacciones solapa los valores sociales; éstos expresan un interés por los demás; presuponen que el individuo pertenece a una comunidad, sea una familia, una tribu, una nación o la humanidad, cuyos intereses tienen preferencia frente a los intereses individuales. Pero una economía de mercado es todo menos una comunidad. Todos deben cuidar de sus propios intereses… y maximizar sus lucros con exclusión de cualquier otra consideración».

Una sociedad que decide organizarse sin una ética mínima, altruista y respetuosa de la naturaleza, está trazando el camino de su propia autodestrucción.

No es de extrañar entonces que hayamos llegado adonde hemos llegado, al calentamiento planetario y a la aterradora devastación de la naturaleza, con amenazas de extinción de amplias porciones de la biosfera y, en último término, hasta de la especie humana

Sospecho que al no romper con el paradigma productivista/consumista/materialista en dirección al cultivo del capital espiritual y al sostenimiento de toda la vida con un sentido de pertenencia mutua entre la tierra y la humanidad, podemos encontrarnos con la oscuridad.

Debemos intentar ser, por lo menos un poco, como la rosa cantada por el poeta místico Angel Silesius (+1677): «la rosa existe sin un porqué: florece por florecer, no se preocupa de sí misma ni pide ser mirada» (aforismo 289). Esa gratuidad es uno de los pilares del nuevo paradigma salvador.

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Cuál será el pró ximo paso?, por Leonardo Boff


La situación actual de la Tierra y de la Humanidad nos hace pensar. La aldea global se ha consolidado. Ocupamos prácticamente todo el espacio terrestre y explotamos el capital natural hasta los confines de la materia y de la vida, a través de la razón instrumental-analítica.

La pregunta que se plantea ahora es: ¿cuál será el próximo paso?, ¿más de lo mismo? Pero eso es muy arriesgado porque el paradigma actual está asentado sobre el poder como dominación de la naturaleza y de los seres humanos. No debemos olvidar que el ser humano ha creado la máquina de muerte que puede destruirnos a todos y destruir la vida de Gaia. Ese camino parece haberse agotado. Del capital material tenemos que pasar al capital espiritual. El capital material tiene límites y se agota. El espiritual es ilimitado, inagotable. No hay límites para el amor, la compasión, el cuidado, la creatividad, realidades intangibles que configuran el capital espiritual.

Éste ha sido bastante poco explorado por nosotros, pero puede representar la gran alternativa. La centralidad del capital espiritual reside en la vida, la alegría, en la relación inclusiva, en el amor incondicional y en la capacidad de trascendencia. No significa que tengamos que prescindir de la tecnociencia. Sin ella no atenderíamos las necesidades humanas, pero ella ya no destruiría la vida. Si en el capital material la razón instrumental era su motor, en el capital espiritual es la razón cordial y sensible la que organizará la vida social y la producción. En la razón cordial están radicados los valores; de ella se alimenta la vida espiritual pues produce las obras del espíritu que mencionamos antes: el amor, la solidaridad y la trascendencia.

Si en el tiempo de los dinosaurios hubiera habido un observador hipotético que se hubiera preguntado por el próximo paso de la evolución probablemente habría dicho: la aparición de especies de dinos todavía mayores y más voraces. Pero se habría engañado. Nunca habría podido imaginar que de un pequeño mamífero que vivía en la copa de los árboles más altos, alimentándose de flores y de brotes y temblando de miedo de ser devorado por los dinosaurios irrumpiría, millones de años más tarde, algo absolutamente impensado: un ser de conciencia y de inteligencia −el ser humano− con una cualidad de vida totalmente distinta a la de los dinosaurios. Fue un paso diferente.

Creemos que ahora, de otro paso, podrá surgir un ser humano marcado por el inagotable capital espiritual inagotable. Ahora será el mundo del ser más que el mundo del tener.

El próximo paso, entonces, sería exactamente éste: descubrir este capital espiritual inagotable y empezar a organizar la vida, la producción, la sociedad y la cotidianidad a partir de él. Entonces la economía estará al servicio de la vida y la vida se empapará de los valores de la alegría y la autorrealización, una verdadera alternativa al paradigma vigente.

Pero este paso no es mecánico. Es voluntario, es decir, es algo que se ofrece a nuestra libertad. Podemos acogerlo o podemos rechazarlo. No se identifica con ninguna religión Es algo anterior, que emerge de las virtualidades de la evolución consciente. Quien lo acoge vivirá otro sentido de vida, vivenciará también un nuevo futuro. Los otros seguirán sufriendo los impases del actual modo de ser y se preguntarán angustiados por su futuro y hasta por la eventual desaparición de la especie humana.

Estimo que la actual crisis mundial nos abre la posibilidad de un paso nuevo rumbo a este modo de ser más alto. Se dice que Jesús, Francisco de Asís, Gandhi y tantos otros maestros del pasado y del presente habrían dado ya anticipadamente este paso.

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Seres de luz, por Leon ardo Boff

La luz es uno de los mayores misterios del universo. Solamente entendiéndola a la vez como partícula material y como onda energética podemos comprenderla más o menos adecuadamente. Hoy sabemos que todos los seres vivos emiten luz, biofotones, a partir del ADN de las células. Por eso todos irradian una cierta aura.

No sin razón la luz y el sol se han convertido en símbolos poderosos de todo lo que es positivo y vital. Especialmente el sol radiante es visto como el gran arquetipo del héroe y del luchador que vence las tinieblas con los monstruos que eventualmente se esconden en ellas. Su aparición cada mañana no es una repetición, sino que cada vez es una novedad, pues siempre es diferente. Es un teatro cósmico que comienza da cappo, como si Dios dijese al sol cada mañana: «Vamos, ¡hazlo otra vez! ¡Vuelve a nacer! Irradia tu luz sobre todos y en todas las direcciones».

En la mayor parte de los pueblos existía el temor de que el sol tal vez pudiese ser tragado por las tinieblas y no volviera a nacer y a iluminar la Tierra y a cada uno de nosotros. Se crearon rituales y fiestas que celebraban la victoria del Sol sobre las tinieblas. Por ejemplo, la fiesta romana del Sol Invictus, del «Sol Invencible», que posteriormente dio origen a la navidad cristiana, la fiesta del nacimiento de Dios encarnado, llamado «el Sol de Justicia». Las fiestas de junio con sus hogueras tienen tras ellas la experiencia del sol, pues tiene lugar el solsticio (de invierno en Sur, de verano en el Norte).

Se tenía, y se tiene todavía hoy la experiencia emocionante de que el Sol, con sus rayos de luz, nace como si fuera un niño. A medida que sube en el firmamento va creciendo como un adolescente hasta llegar a la edad adulta al mediodía. Por la tarde va languideciendo y envejeciendo, hasta morir tras la línea del horizonte. Pero, pasada la noche, vuelve a nacer, limpio, brillante, sonriente como un niño. ¿Cómo no celebrarlo festivamente? ¿Cómo no entenderlo como signo de la Realidad origen de todas las cosas?

De hecho, es una imagen poderosa de Dios, como lo cantó san Francisco en su «Cántico al Hermano Sol». Ninguna metáfora de la divinidad es más poderosa que la de la luz y la del Sol. La experiencia misma de la luz hizo surgir la palabra Dios. Ésta deriva de la palabra di del sánscrito, que significa brillar e iluminar. De di viene «día» y «Dios», como expresión de una experiencia de luz y de iluminación. Como dice san Juan: «Dios es luz» (1Jn 1,5). Como dice san Pablo, «Él habita en una luz inaccesible» (1Tim 6,16). Jesús se autopresenta como luz: «Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no ande en las tinieblas» (Jn 12,46). El Verbo encarnado es «vida y luz de los seres humanos», «luz verdadera que ilumina a toda persona que viene a este mundo» (Jn 1.4.9). Con razón es presentado por eso como «la luz del mundo» (Jn 9,5). Los que siguen a Cristo como luz deben vivir «como hijos de la luz» (Ef 5,8). Y «el fruto de la luz es todo lo que es bueno, justo y verdadero» (Ef 5,9). Más aún, cada seguidor debe ser también «luz del mundo» (Mt 5,14).

Como tan bien reza la liturgia de los funerales: «Que las almas de los fieles difuntos no caigan en las tinieblas, sino que el arcángel San Miguel las conduzca a la luz santa. Y brille sobre ellos la luz perpetua».

Todos nosotros somos seres de luz. Fuimos formados originalmente en el corazón de las grandes estrellas rojas, hace miles de millones de años. Llevamos luz dentro de nosotros, en nuestro cuerpo, en el corazón y en la mente. Sobre todo, la luz de la mente nos permite comprender los procesos de la naturaleza y penetrar en lo íntimo de las personas, hasta en el misterio luminoso de Dios

Posted by isisdiosa99 in 08:23:13 | Permalink | No Comments »