Friday, May 30, 2008

De la Teoría de la Liberación a la ciega obsesión por el poder absoluto

Fue elegido por defender a los más pobres. Luego se alió con el empresariado.


Carolina Brunstein

cbrunstein@clarin.com

Dos décadas atrás, el joven sacerdote Jean Bertrand Aristide era una figura casi heroica para las masas empobrecidas de Haití, a quienes supo seducir con su discurso comprometido con las causas sociales y abiertamente antinorteamericano. Un abismo separa a aquel Aristide del que ayer debió huir de su país en medio de una profunda y sangrienta crisis política.

Nacido en Port Salut, al sur de Haití, el 15 de julio de 1953, Aristide fue educado desde la infancia por los padres Salesianos. Luego continuó su formación en el seminario, una de las pocas posibilidades de ascenso social en ese castigado país.

También se graduó como licenciado en Psicología en 1979 en la Universidad Estatal de Haití. Luego de estudiar teología en Roma, Israel y Canadá, volvió en 1982 a su país y fue ordenado sacerdote.

Con gran carisma y habilidad para la oratoria, fue párroco en Cité Soleil, la mayor villa miseria de Puerto Príncipe, donde desarrolló un intenso trabajo social.

Partidario de la Teoría de la Liberación, en esos años se metió de lleno en la lucha contra la sangrienta dictadura de Jean Claude “Baby Doc” Duvalier, derrocado en 1986 luego de una dinastía que gobernó durante 30 años.

En esos años, Aristide fue blanco de más de un intento de asesinato por parte de las milicias de Duvalier. Sus actividades políticas tampoco fueron bien vistas por las autoridades de la Iglesia, y fue expulsado de la orden de los salesianos en 1988 por “incitación al odio y a la violencia y exaltación de la lucha de clases”.

Con sus propuestas para una redistribución más justa del ingreso, logró el apoyo del sector más progresista de la Iglesia y de los habitantes de las villas miseria. Así ganó las primeras elecciones democráticas de su país con el 67% de los votos.

Cuando asumió, el 7 de febrero de 1991, el pueblo haitiano creyó que habían quedado atrás los gobiernos dictatoriales. Pero la ilusión se quebró apenas siete meses después con el golpe de Estado de Raoul Cedrás.

Aristide se exilió en Venezuela y luego en Washington. Desde allí lideró una tenaz presión internacional con el fin de lograr apoyo para volver a Haití y terminar con el régimen militar.

En octubre de 1994, una fuerza multinacional liderada por 20.000 soldados estadounidenses llegó a Haití y restauró el gobierno de Aristide. Ya retirado del sacerdocio y con la democracia como bandera, volvió a presentarse como el salvador.

En 1996 se casó con la abogada haitiana-estadounidense Mildred Trouillot, con quien tuvo dos hijas. La prohibición de presentarse a un segundo mandato consecutivo lo obligó a retirarse del poder ese año. Pero siguió moviendo los hilos de la política durante el mandato de su delfín, René Préval.

El país no salía de la miseria, y el desánimo y la violencia política volvieron a reinar. El clima empeoró en mayo de 2000, cuando su partido ganó unas elecciones legislativas que fueron calificadas de “fraudulentas” por observadores internacionales. En noviembre de ese año, la oposición no se presentó a las presidenciales. Un Aristide que aún se mostraba como un progresista, pese a sus alianzas con el empresariado neoliberal, se impuso con un dudoso 91,8% de los votos.

Esa crisis trazó un vacío político e institucional que determinó su gestión. La oposición lo acusa de estar implicado en asesinatos políticos, enriquecimiento ilícito y vínculos con el narcotráfico.

Fascinado por el poder, mientras el país se desangraba, repitió hasta hace pocos días que no renunciaría. Cuando escapó ayer a la madrugada, nada quedaba del “cura de los pobres” que prometía un futuro de crecimiento para Haití. Y esta vez, parece que ni su facilidad para la oratoria ni 20.000 soldados lograrán devolverle la gloria.

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filosofía de
la liberación latinoamericana

“Y ahora yo digo ante el tribunal de pensadores
internacionales que me escucha:
reconocednos el derecho a la ciudadanía
universal que ya hemos conquistado”.

–Alfonso Reyes (Revista Sur, 1936).

pocas veces..: its thinkers are rarely included

Las culturas latinoamericanas han estado asociadas estereotípicamente con el folclor, la música y el arte, pero pocas veces se incluye a sus pensadores en la historia de la filosofía occidental contemporánea. Este fenómeno responde a la distribución desigual del poder, que da plena difusión e importancia al pensamiento publicado en Europa Occidental y -a partir del siglo XIX- en los Estados Unidos. Sin embargo, desde la invasión colonial, la producción académica de lo que hoy se llama América Latina ha tenido presencia y relativa influencia en la civilización Occidental.

marco: frame

difundidos: publicized

En la época colonial (siglos XV-XVIII), la filosofía estaba fundamentalmente dirigida por y hacia la formación religiosa. Pero dentro de un marco que no se ha considerado rigurosamente filosófico, hubo cronistas americanos, como el Inca Garcilaso de la Vega y Guamán Poma de Ayala en Perú, que tendieron interesantes puentes entre la cosmovisión europea y la de algunas civilizaciones amerindias. Para fines del siglo XVIII, los criollos educados en varias universidades de México, Buenos Aires, Lima, Caracas y Bogotá, comenzaron a aplicar las ideas de la Ilustración francesa para reflexionar sobre los caminos colectivos que deberían implementarse en América. Los esfuerzos por organizar naciones independientes de España durante todo el siglo XIX estuvieron orientados según estas ideas, que buscaban establecer modelos de origen francés e inglés dentro de las condiciones geográficas y demográficas propias de los nuevos países. Los nombres posiblemente más difundidos son los venezolanos Simón Rodríguez -cuyas ideas democráticas y pedagógicas eran proféticamente radicales- y Andrés Bello, quien propuso una visión de “lo americano” que reconciliara la herencia hispánica con la diferencia tropical. Más tarde, los modelos evolucionistas y positivistas se cultivaron con gran intensidad en México, Brasil, Chile y Argentina, paralelamente a un proceso de modernización económica y social basada en la dependencia de un producto de exportación para el consumo europeo.

A fines del siglo XIX, con la creciente influencia estadounidense en la región, grupos sustanciales de pensadores promovieron una imagen de unidad cultural que inició decisivamente el “latinoamericanismo” o la “búsqueda” de la identidad latinoamericana. Los dos autores más reconocidos de esa época son el uruguayo José Enrique Rodó y el cubano José Martí. El libro Ariel (1900), de Rodó, propuso un nítido programa de diferenciación educativa y cultural entre la América hispano-portuguesa en contraste con la anglosajona, con un tono fundamentalmente conservador. De una manera más transformadora, Martí sintetizó en el ensayo “Nuestra América” (1891) los ideales de producir modelos basados en la experiencia propia de cada región y de generar una ciudadanía supranacional en Iberoamérica: “el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país”. La imperativa necesidad de conocer al pueblo de cada país y de desarrollar modelos humanistas basados en el análisis de las condiciones propias guió el trabajo de muchos pensadores latinoamericanos durante todo el siglo XX.

tanto como: as well as

Después de la revolución mexicana, el intelectual y ministro de educación José Vasconcelos representó el entusiasmo por construir un pensamiento que incluyera la cosmogonía indígena tanto como la occidental. Su célebre visión de una “raza cósmica” presentaba un ideal por el cual trabajar con los elementos de mestizaje y mezcla cultural en Hispanoamérica. Por su parte, el mexicano Alfonso Reyes y el dominicano Pedro Henríquez Ureña, entre muchos otros, realizaron eruditos estudios que incluían una crítica literaria y filosófica rigurosa sobre la producción intelectual de la región. Pocos años después, el peruano José Carlos Mariátegui produjo influyentes análisis de la sociedad de su país con un modelo dialéctico marxista que muchos otros pensadores continuaron hasta la década de 1960. Su tesis fundamental consistía en la necesidad de concientizar a las masas trabajadoras y campesinas para que éstas produjeran un cambio radical de las condiciones de explotación y desigualdad económica en los países latinoamericanos.

reivindicación: vindication

La revolución cubana de 1959 y las profundas reformas del Concilio Vaticano II de la Iglesia Católica en 1962, generaron nuevos marcos de pensamiento dentro de los que numerosos pensadores produjeron la línea de reflexión que más trascendencia internacional ha tenido en América Latina. Fue una filosofía basada en el concepto de la liberación de los oprimidos, es decir, la construcción de condiciones materiales y educativas que permitieran superar la miseria económica de vastos sectores de la población. Por un lado, la hostil reacción norteamericana a los cambios sociales de Cuba demostró varios elementos de la Teoría de la Dependencia -cuyas bases se habían formado desde los años 1920-, que buscaba romper el ciclo de “atraso” con respecto al desarrollo industrial del Primer Mundo, evitando depender de un solo producto de exportación que fundamentalmente beneficiaba las economías de los países industrializados y a las élites locales. Según esta teoría, para romper este ciclo, era necesario promover medios de autosubsistencia financiera para cada nación, eliminar los altos índices de miseria y generar sistemas de gobierno que no fueran fácilmente manipulados por los intereses económicos de las grandes compañías multinacionales. Por otro lado, la “opción preferencial por los pobres” renovada en la Iglesia Católica, abrió espacio para una participación activa en los esfuerzos por organizar y participar en movimientos de reivindicación política, económica y social para los sectores marginados.

compromiso: commitment

Evangelio: Gospel

comunidades de base: grassroots communities

Varios teólogos cristianos, entre ellos el peruano Gustavo Gutiérrez y los brasileños Helder Cámara y Leonardo Boff, se basaron en las iniciativas del Concilio Vaticano II para formular un compromiso hacia el cambio social en América Latina por parte de las Iglesias Cristianas. Su trabajo teórico y práctico se hizo famoso mundialmente con el nombre de Teología de la Liberación. El fundamento teórico de esta doctrina se basa en el mensaje del Evangelio que da preferencia a los pobres y denuncia la injusticia. Inspirados en el mensaje cristiano, estos pensadores promueven una concepción anticapitalista de la vida y de la sociedad basada, no en el lucro, sino en el espíritu comunitario. Su aplicación práctica se expresa a través de comunidades de base en las zonas más pobres de las ciudades y los campos, en las que se fomenta la solidaridad, la dignidad y libertad de expresión, el estudio de la Biblia, y la movilización colectiva para reclamar los derechos políticos de los marginados, promoviendo su participación activa en los procesos sociales de sus respectivos países.

plantear: to pose

equipo: team

Dentro del mismo espíritu, pero más allá del marco específicamente cristiano, el brasileño Paulo Freire creó una teoría y práctica de la educación diseñada para promover la acción social y el dinamismo de las personas que han sufrido supresión socioeconómica por varias generaciones. Su Pedagogía del oprimido (1970) ha tenido considerable trascendencia en los esfuerzos mundiales por encontrar modelos educativos que generen cambios sociales deseables para la mayoría de la población -participación democrática, pensamiento crítico, producción activa de conocimiento- o, como afirma Freire, prácticas de aprendizaje que ayuden a “crear un mundo en el que sea más fácil amar”.

En su propuesta pedagógica, Freire considera que la esencia de la educación es la práctica de la libertad y del diálogo, evitando esquemas autoritaristas: “nadie educa a nadie, nadie se educa solo; los hombres y las mujeres se educan unos a otros, en diálogo con el mundo”. Su análisis crítico sobre los modelos educativos tradicionales observa que el esquema “profesor-alumno” reproduce las relaciones de imposición entre opresor y oprimido. Para romper ese esquema, propone una pedagogía dinámica y autónoma, que valore la experiencia y el conocimiento de cada estudiante así como su participación social, su producción creativa, y el ejercicio constante de una libertad responsable y colectiva. En oposición a la “educación bancaria” que parece seguir el modelo capitalista al hacer que los estudiantes acumulen datos con frecuencia disociados de su experiencia vital, Freire propuso una “educación liberadora” en la que se plantean problemas para que los estudiantes resuelvan de forma colectiva bajo la coordinación de los instructores, aprendiendo de manera práctica la necesidad de trabajar en equipo, participar y expresarse:

se vinculan: get involved

Los oprimidos solamente comienzan a creer en ellos mismos cuando descubren las causas de su dominación y se vinculan a la lucha organizada por su liberación. Este descubrimiento no puede ser meramente intelectual, sino que debe incluir acción; pero no puede limitarse a un mero activismo, sino que debe incluir reflexión seria (Freire 47).

analéctica: inclusion of the excluded

Hacia esta “reflexión seria” que incluyera una práctica para superar la historia de dominación y desigualdad social, se orientó la filosofía de la liberación latinoamericana, cuyo representante más influyente ha sido el argentino Enrique Dussel. A partir de un análisis de la historia de conquista e invasión desde Europa sobre América, y de cómo creó estructuras de dominación, marginación y dependencia, Dussel demuestra cómo estas prácticas de dominación se basaron en una filosofía universalista del Occidente europeo. Al atribuirse la autoridad sobre el conocimiento universal, la filosofías europeas han definido la “naturaleza humana” según los parámetros, modos de comportamiento y orientación racionalista de Occidente, condenando a las culturas invadidas a condiciones de no-ser, caos e irracionalidad. De este modo, las filosofías occidentales han legitimado históricamente la dominación que oprime al llamado Tercer Mundo, escondiéndola bajo la apariencia de “promover civilización”.

Para responder a estas condiciones, Dussel propone una filosofía basada en el diálogo y la escucha de los excluidos, del “Otro radical”, es decir, del sujeto que ha sido convertido en objeto por la dominación occidental. Esta práctica reflexiva organizaría una “analéctica de la liberación” como alternativa para la “dialéctica de la dominación” prevaleciente. El desarrollo teórico de Dussel se basa en una crítica detallada de la ontología de Kant, Hegel, Heidegger y otros filósofos alemanes, franceses e ingleses, ya que, para él, la voz de los oprimidos tiene que pasar por la paradoja de hablar con la lengua del opresor para poderla cuestionar y superar: “Para descubrir nuevas categorías con las cuales nos sea posible pensarnos a nosotros mismos, hay que comenzar por hablar como los europeos y, desde ellos, probar sus limitaciones” (Dussel 1979: 108). Dentro de un inmenso proyecto filosófico de liberación que incluye la ontología, la analéctica, la pedagogía y la erótica, Dussel también escribe para la gente común, a través de conferencias con ejemplos específicos y accesibles a gente no erudita, y a través de esquemas pegagógicos como el siguiente:

Dialéctica dominadora versus Analéctica liberadora
actitud conquistadora versus actitud colaboradora
actitud divisionista versus actitud convergente
actitud desmovilizadora versus actitud movilizadora
actitud manipuladora versus actitud organizativa
actitud invasora versus actitud creadora

(Dussel 1980: 101)

La filosofía, pedagogía y teología de la liberación constituyeron una clara iniciativa por configurar un pensamiento latinoamericanista en busca de modelos interpretativos que generaran prácticas sociales más justas y creativas. También representó una crítica radical del pensamiento occidental desde la periferia latinoamericana. Las bases de esta concepción, aunque tomadas de otras fuentes, coinciden con los desarrollos más recientes -y de inmensa influencia- de la intelectualidad europea y norteamericana en el campo de las humanidades y los estudios culturales, por ejemplo en el pensamiento poscolonial de autores tan famosos como Eduard Said, Homi Bhabha y Gayatri Spivak, todos profesores de universidades norteamericanas y británicas. Es lamentable que, en parte por el lenguaje marxista y/o cristiano de las teorías de liberación y en parte por las limitaciones de difusión bibliográfica desde el Tercer Mundo, los teóricos del poscolonialismo hayan ignorado la contribución del pensamiento latinoamericano en esta misma dirección, que se desarrolló con anterioridad a ellos. En diálogo con estas teorías, y como una manera de reivindicar los conceptos producidos desde América Latina, varios estudiosos han presentado las coincidencias así como las diferencias de aproximación, proponiendo una teorización alternativa para pensar las relaciones socioculturales y la cosmovisión filosófica en contextos contemporáneos y a la luz de procesos de globalización de los mercados capitalistas. Los colombianos Jesús Martín Barbero y Santiago Castro Gómez, los argentinos Néstor García Canclini y Walter Mignolo, y la chilena Nelly Richard, entre muchos otros, han escrito obras de considerable influencia y cuidadoso análisis sobre procesos comunicativos, movilizaciones sociales y reorganizaciones filosóficas. Mignolo, por ejemplo, propone la configuración de un pensamiento “posoccidental” sobre bases originadas en la experiencia de dominación e imperialismo euro-norteamericanos, que denuncie las condiciones de desigualdad y busque métodos para contrarrestar el colonialismo, el cual no es simplemente una experiencia del pasado:

 

What I call the “modern/colonial world” is in itself a world that came out of certain kinds of local histories: imperial local histories. Imperial Spain became an instrumental agent and made possible the implementation of Christian designs for conversion to a global one. It was imperial England in complicity with French enlightenment that displaced (but not replaced) Christian global designs into Secular civilizing ones. It was imperial U.S. that displaced (but not replaced) the global design of the civilizing mission by a global design of development and modernization. And it is the market that is becoming the global design of a new form of colonialism, a global coloniality, that is being analyzed as “the network society” (Castells), “globalcentrism” (Coronil), and “Empire” (Hardt and Negri). Thus, the globalization of “culture” was always there, since “culture” (in whatever technology of the time was available) is the material aspect in which the history of capitalism and of global designs (Christianity, Civilizing Mission, Development and Modernization, Marketization) evolved. Technology today allows “culture,” and financial markets, to move faster. However, I would not say that there is a globalization of culture. I would rather say that planetary communication and the coloniality of power move faster and, like in the sixteenth century, in one direction. The force with which Inca’s and Aymara’s “cultures” entered and modified Castilian’s was less significant than the reverse. That is, Castilian knowledge and attitude toward life did not change as much as knowledge and attitude toward life among Aymara and Inca people. The same today: Bolivia’s music players and restaurants in the U.S. or Europe are less relevant (aren’t they?), than European television and popular music in Bolivia. In La Paz, for example, there is a “German Channel” that provides the state of the weather in Germany and in Europe for the Bolivian audience. I am not aware of a “Bolivian Channel” in Germany that does the same (Mignolo 2000: 8).

Es interesante entonces concluir observando cómo el pensamiento latinoamericano logra su fecundidad y reconocimiento dentro de los desarrollos contemporáneos gracias a su esfuerzo, no tanto por seguir los preceptos heredados de la invasión europea, sino por producir una reflexión crítica de esa herencia y conectarse con la radical diferencia que los ideales y la producción cultural populares representan frente a dichos preceptos. Así, el estereotipo de que desde América Latina solamente se produce “folclor”, se transforma en un instrumento útil para desenmascarar la historia de justificaciones para la marginación y para dinamizar un pensamiento movilizador de prácticas sociales liberadoras.

Bibliografía
Dussel, Enrique. Filosofía de la liberación latinoamericana.
  Bogotá: Editorial Nueva América, 1979.
—.  La pedagógica latinoamericana. Bogotá: Editorial Nueva América, 1980.
  Montevideo: Fundación Ángel Rama, 1985.
Freire, Paulo. Pedagogía del oprimido. Buenos Aires: Editorial Suramericana, 1970.
  Art and Revolution. Trans. Sylvia Calles. London: Lawrence and Wishart, 1975.
Reyes, Alfonso. “Notas sobre la inteligencia americana”. Filosofía de la cultura latinoamericana.
  Ed. José Luis González. Bogotá: Editorial El Búho, 1982.  90-98.
Mignolo, Walter. “Local Histories and Global Designs: An Interview with Walter Mignolo.”
  With L. Elena Delgado and Rolando J. Romero. Discourse 22.3 (Fall 2000): 7–33.


Preguntas de comprensión
1. ¿Qué tipo de pensamiento prevaleció durante la configuración de las nuevas naciones latinoamericanas en el siglo XIX? ¿Cuáles son algunos de los autores más conocidos de este periodo?
2. ¿Qué ideas e ideales defendieron Rodó y Martí? ¿En qué época y en qué contexto histórico?
3. ¿Cuál fue la relación entre el concepto de “liberación” y la teología del Concilio Vaticano II?
4. ¿Cuáles son las bases de la “pedagogía del oprimido” y quién es su creador?
5. ¿Cuáles son las ideas fundamentales de la “filosofía de la liberación” presentadas por el argentino Enrique Dussel?
6. ¿Qué características literarias e ideales políticos compartieron los autores del “Boom”?
7. ¿Qué es el “posoccidentalismo” y cómo se relaciona con la filosofía de la liberación, la teoría poscolonial y la teoría de la posmodernidad?

Para pensar
1. Antes de leer este documento, ¿habría podido Ud. mencionar algún filósofo o pensador latinoamericano? ¿Por qué razones cree Ud. que a los latinoamericanos se los asocia con el folclor pero no con la producción teórica o científica?
2. ¿Qué implicaciones podrían tener la pedagogía y la filosofía de la liberación para su propia vida en los Estados Unidos? ¿Qué limitaciones y potencialidades ve usted para este tipo de filosofía dialógica y colectivista?
3. ¿Qué sabe Ud. y cuál es su opinión sobre las teorías poscolonial y posmoderna? Si le interesa, investigue un poco sobre el tema.
4. En su opinión, ¿cuáles son las causas de la extrema desigualdad socioeconómica y la violencia de los seres humanos en el planeta? ¿Cómo podrían superarse esos problemas?
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Teoría de la liberación
LETICIA BLANCO

Raquel Carlus parece inofensiva. Es dulce, extremadamente correcta y muy generosa. Y no para de hablar por los codos de sus libros favoritos: que si su adorada colección de Los Cinco, que si su relación de amor-odio con Paul Auster, que si cómo sería tomarse un café con Oscar Wilde, que si a J.K. Rowling mejor no conocerla en persona… Pero tras esa fachada amable encarna el espíritu de una pequeña y creciente revolución que, sin hacer demasiado ruido, ha reclutado a más de 31.000 españoles en apenas cuatro años: la del bookcrossing. El concepto: «Convertir el mundo en una biblioteca global»; la estrategia: intercambios (ella lo llama «liberación») masivos de libros; el objetivo: pasárselo bien sin pasar por caja, algo que cada día resulta más difícil.

Las editoriales se han rendido ante la evidencia y algunas hasta han optado por unirse al supuesto enemigo (Raquel y su militante altruismo) y le envían las novedades para que entren en la red Bookcrossing. Ella asegura que no se consideran enemigos de librerías o libreros, sino que ayudan a propagar el amor por la letra impresa.«Piensa que la mayoría somos compradores compulsivos. Para mí, lo mejor de entrar en esto fue que pude librarme de un montón de ejemplares que no hacían más que coger polvo y así recuperar espacio para poder comprar más. Yo ya he dejado más de 800», dice terminándose el té, momentos antes de regalarle el libro que se ha traído para la foto (La Huida de Morgan, de la autora de El pájaro espino) al camarero de la cafetería. El la mira algo incrédulo, ella sonríe por dentro: otro adepto para el club.

El movimiento bookcrosser nació en 2001 en Estados Unidos. No se sabe muy bien cómo aterrizó aquí, pero Barcelona es la ciudad que más adeptos tiene (casi 5.000), y en España este pequeño gran gesto de liberación ya tiene más exito que en supuestas potencias culturales como Francia e Italia. Este sábado se celebra La Trobadeta, un acto de «liberación masiva» en el que 1.200 libros cambiarán por enésima vez de mano. Raquel sabe que algunos de sus libros han estado en Santiago de Chile y Tailandia. «¿Lo más heavy? Metí en un tuperware El viejo y el mar con corcho, lo sellé con silicona y lo liberé en la Barceloneta», y añade: «En España no se enseña a leer, hacer leer El Quijote a los 14 años es la mejor manera de hacer que un joven no vuelva a coger un libro en su vida».


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De la Teoría de la Liberación al Socialismo del Siglo XXI

La visita del papa Benedicto XVI a Brasil le sirvió para revolver conciencias sobre la Teoría de la Liberación y criticar a los gobiernos autoritarios de América Latina, para algunos en clara alusión al Socialismo del Siglo XXVI proclamado por el presidente de Venezuela, Hugo Chávez. Las recomendaciones y los consejos siempre llegan desde fuera, como ha sido el caso de papa, pero la solución latinoamericana no llega en la práctica.

Ni marxismo ni capitalismo,

ha dicho el papa, son útiles para eliminar la miseria, de la que han huído muchos ecuatorianos que trabajan en España y que adquieren viviendas en su país de orígen, se supone con el ánimo de volver algún día. La Iglesia católica, que dirige Benedicto XVI, se sigue decantando más hacia la derecha, hacia postulados conservadores que tampoco han sido capaces de evitar las desigualdades, las injusticias y la pobreza, en el mundo y en Latinoamérica. Más bien sobra retórica, mucha teoría, y faltan argumentos para llenar tantos estómagos vacíos. La lucha contra el terrorismo resta energía. Quizás, una esperanza sea el Banco de los Pobres.

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TEOLOGIA DE LA LIBERACIÓN
Padre Jordi Rivero

En la reunión de la Conferencia Episcopal Latino Americana (CELAM) en Medellín, Colombia, en 1968 se había hecho énfasis en el compromiso de la Iglesia con los pobres. Dicho compromiso refleja el sentir del Evangelio, vivido admirablemente por los santos de todas las épocas y enseñado insistentemente en el magisterio de Juan Pablo II. Sin embargo, la solidaridad con los pobres sigue siendo un aspecto de la fe rechazado u olvidado por muchos.

La Teología de la Liberación, movimiento teológico contemporáneo, quiere ser una respuesta a esta necesidad.  Una de las mas famosas obras de este movimiento Historia, Política y Salvación de Una Teología de Liberación, del sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez, 1973. 

Es difícil definir la Teología de la Liberación dado a sus complejos y múltiples puntos de vista, pero se puede decir que busca analizar el significado de las clases sociales y la pobreza y la justicia.

Una corriente bastante amplia de dicha teología mezcla el marxismo y otras ideologías políticas con el cristianismo.

El Papa Juan Pablo II pidió a la Congregación para la Doctrina de la Fe un extenso estudio de la Teología de Liberación. Los resultados del estudio fueron publicados en dos documentos:

- Libertatis Nuntius  Instrucciones sobre Algunos Aspectos de la Teología de Liberación -1984

-Libertatis Conscientia  Instrucción sobre Libertad Cristiana y Liberación -1986.

Estos documentos ofrecen una sólida explicación de los puntos positivos tanto como los graves errores de ciertas corrientes de la teología de la liberación.

El primer documento expresa la seria reserva de la Santa Sede a la Teología de la Liberación según ha sido expuesta por Gutiérrez y otros de la misma línea, especialmente en lo referente a la aceptación del análisis de los elementos de clase Marxista.

El segundo documento, al reconocer la importancia de una auténtica solidaridad con los pobres, ofrece las bases para una ortodoxa doctrina social. Para ello enfatiza la naturaleza de la liberación, como tema esencial de la teología y fe judeo-cristiana.

Ver también las reflexiones del Cardenal Ratzinger (prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe) sobre el estado actual de la fe y la teología, Guadalajara, ´98.

Una justa crítica a la Teología de la Liberación no niega las graves injusticias que sufren los pueblos y la responsabilidad del cristiano de trabajar para aliviarlas en la línea de la auténtica doctrina social de la Iglesia, la cual se fundamenta en las Sagradas Escrituras y las enseñanzas de los Padres.

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